"¡Me parece inaudito que haya padres dispuestos a que sus hijos se pasen la vida esclavizados de ese modo!". I. me lo dice mientras da la vuelta a una alfombra increíble, y empieza a acariciar su reverso, casi más hermoso que sus pálidas rosas de seda.
No sé que contestarle, mientras sigue murmurando sobre esa amiga común que va a mandar a su niña a un stage de tenis, esa niña que sólo tiene 4 años y que va a ser la próxima reina de la pista. Pienso en tantos niños, algunos muy cercanos, como Juanito, que se pasó casi 7 años en un internado porque era parte del equipo nacional y nos iba a dar la segunda medalla de oro, o aquel otro, ¿cómo se llamaba?, que iba para gimnasta y hacía el ángel colgado en las anillas y acabó volando una mañana de septiembre desde dentro de un coche a 120 kms/hora ...
I. me cuenta que quiere cambiar la frialdad moderna del estudio de arquitecto que comparte con su pareja, y me pregunta si me gusta más la alfombra rosa o la azafranada, sin apenas escucharme ...
Cuando le sugiero tomarnos un café en el Starbucks de la esquina, me mira con extrañeza, y me explica, por si no me he enterado, que Starbucks engaña a los campesinos de Etiopía, y algo dentro de mí no se atreve a plantearle si se ha dado cuenta de que su magnífica alfombra ha sido tejida por manos de niños, y que ojos infantiles habrán perdido la vista mezclando sedas rosa palo para que su estudio sea más cálido. Como esos niños esclavizados por sus padres, como el pequeño gimnasta del que he olvidado el nombre...
Pero acabamos en el Starbucks de todas formas, y sonríe, y afirma que nuestra amiga nos invitará cuando su “reina” juegue en la pista central de Roland Garros. ¿Qué puedo replicar a eso? Personalmente, me haría más ilusión un bol de fresas con nata en Inglaterra, en primavera. Siempre quise estar al menos una vez en Wimbledon.
miércoles, noviembre 22, 2006
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