miércoles, noviembre 29, 2006

Traidor en el infierno


Sgt. Schulz: How do
you expect to win the war with an army of clowns?

Lt. James Skylar Dunbar: We sort of
hope you'd laugh yourselves to death.

Traidor en el infierno (Stalag 17) - Billy Wilder

Era la época de los dos rombos antes de las películas y las series de la tele. Tampoco es que mis padres lo tuvieran mucho en cuenta a la hora de dejarnos o no verla. Contaba la hora, el director, el tema y poco más; podíamos ver casi todo.

El caso es que yo quería, ansiaba, ser como el resto de las niñas de mi edad. A ellas les gustaban los Pecos, y sus padres no les dejaban ver "Yo, Claudio", porque la serpiente del principio se acercaba peligrosamente a los dos rombos en la esquina superior derecha de la pantalla. Así que si mis padres no me iban a prohibir ver algo, me lo prohibiría yo misma. Yo sería mi censura. Empezaría esa misma noche.

Cuando empezó la película, y vi que era para mayores, me levanté muy seria, informé a todo el mundo de mis intenciones de ir a dormir, y me fui a la habitación. Pero desde allí se oía perfectamente el sonido... "Traidor en el infierno", de Billy Wilder. Una historia de espías y estraperlo en un campo de prisioneros, blanco y negro, II Guerra Mundial... no pude aguantar. Me levanté de la cama, me envolví en una manta, y me acurruqué junto a la puerta del salón a oír la película. Hasta tres veces tuve que salir corriendo porque alguien se levantaba. Estaba aterrorizada pensando en lo que me podría pasar. Y mientras tanto, yo iba oyendo la historia de Sefton, el traficante en el mercado negro del campo que no presumía de patriotismo, pero que al final desenmascaraba al verdadero traidor... Cuando acabó la película, corrí a mi cama y fingí dormir con todas mis fuerzas.

Al día siguiente, enfrentada a las miradas de reojo de mis padres, decidí que había sido demasiado esfuerzo para haber logrado tan poca cosa. Me llevé al colegio un disco de los Beatles (mi único disco) para sustituir al muy rallado de los Pecos. Era más divertido ejercer la censura sobre los demás.

Hace cuatro o cinco años, comprando el vídeo de la película que nunca había visto, mi madre me contó que todo el tiempo supieron que yo estaba sentada junto a la puerta, y que cada vez que se levantaban era para convencerme de que entrara y me sentara junto a ellos. Y yo que siempre había pensado que nadie se había enterado de mi experimento...

miércoles, noviembre 22, 2006

Rosas de te

"¡Me parece inaudito que haya padres dispuestos a que sus hijos se pasen la vida esclavizados de ese modo!". I. me lo dice mientras da la vuelta a una alfombra increíble, y empieza a acariciar su reverso, casi más hermoso que sus pálidas rosas de seda.

No sé que contestarle, mientras sigue murmurando sobre esa amiga común que va a mandar a su niña a un stage de tenis, esa niña que sólo tiene 4 años y que va a ser la próxima reina de la pista. Pienso en tantos niños, algunos muy cercanos, como Juanito, que se pasó casi 7 años en un internado porque era parte del equipo nacional y nos iba a dar la segunda medalla de oro, o aquel otro, ¿cómo se llamaba?, que iba para gimnasta y hacía el ángel colgado en las anillas y acabó volando una mañana de septiembre desde dentro de un coche a 120 kms/hora ...

I. me cuenta que quiere cambiar la frialdad moderna del estudio de arquitecto que comparte con su pareja, y me pregunta si me gusta más la alfombra rosa o la azafranada, sin apenas escucharme ...

Cuando le sugiero tomarnos un café en el Starbucks de la esquina, me mira con extrañeza, y me explica, por si no me he enterado, que Starbucks engaña a los campesinos de Etiopía, y algo dentro de mí no se atreve a plantearle si se ha dado cuenta de que su magnífica alfombra ha sido tejida por manos de niños, y que ojos infantiles habrán perdido la vista mezclando sedas rosa palo para que su estudio sea más cálido. Como esos niños esclavizados por sus padres, como el pequeño gimnasta del que he olvidado el nombre...

Pero acabamos en el Starbucks de todas formas, y sonríe, y afirma que nuestra amiga nos invitará cuando su “reina” juegue en la pista central de Roland Garros. ¿Qué puedo replicar a eso? Personalmente, me haría más ilusión un bol de fresas con nata en Inglaterra, en primavera. Siempre quise estar al menos una vez en Wimbledon.

miércoles, noviembre 15, 2006

Zell am See

He contado las velas que había en la calle y en la escalera. 42, y ninguna se ha apagado todavía pese al viento. ¿Será una señal? Señal de que es hora de agarrarse a una botella de cerveza, desde luego. Más velas en la casa, junto a la ventana del salón, en las repisas del baño. Me pregunto si la idea es causar un incendio o calentar el ambiente.

No me preguntéis cual es la temperatura en la calle. Cuando vi que bajaba más de 10 bajo cero, dejé de considerarla importante. Ahora lo que interesa es felicitar a los dueños de la casa, y encontrar un lugar desde el que ver todo lo que ocurre sin ser el centro de atención. Mis niñas se han ido a bailar, y yo descubro que la lavadora es un lugar estupendo para sentarse: frente a la puerta de la cocina, y justo al lado está la ventana donde reposan 3 botellas de vodka y 8 cajas de zumo de naranja.

Todo el mundo pasa por la cocina para rellenar sus vasos. No todos se dan cuenta de que hay alguien que escucha sus citas, sus susurros, sus caricias a escondidas del amor de su vida. Hasta que unos ojos grises preguntan si pueden abrir la ventana y coger una botella. Sonrío, y le acerco también una caja de zumo. Hablamos del tiempo, de la manifestación de la semana que viene, del último escándalo de Jelinek. Yo intento disimular mi pertenencia a las muy aburridas profesiones técnicas, y no puedo dejar de mirar esos labios, esos ojos...

De pronto, mi mente reacciona, y se sitúa por encima de la habitación, cerca de la lámpara, y respiro cuando veo como V. entra en la cocina, y se acerca a la pareja, y sonríe con sus ojos azules y las ondas en su pelo, y en sólo 3 minutos consigue cortar el aliento con su brillo. Y se alejan hacia el lugar donde suena esa canción de Ambros sobre el cementerio central. Y ya no importa nada y estás segura, porque puedes volver a contemplar el eterno baile, sin ser parte de él. Al fin y al cabo, eso era lo que querías, distanciarte y ver las cosas sin que la cera de las velas te llagara la piel.

Pero 10 años después, esperando en un café de Heathrow durante un retraso, hay una voz que pregunta si alguna vez llegaste a ir a esquiar a Zell am See, y sabes, sin mirar, que tienes que ser graciosa, y levantarte, y besar al niño e intercambiar inanidades, y volver a ver esos ojos, y no pensar en lo que nunca, nunca será.

Y desde luego, a continuación, ordenar unas pintas para tus compañeros y para ti, porque es hora de tomarse otra cerveza mientras esperas que tu avión te lleve de vuelta a casa.

Perfil de una curiosa impertinente

Acabo de cumplir 39 años, pero nunca he tenido muy clara mi verdadera edad, depende del día y de la estación del año. Cuando era niña era tan mayor como los adultos, y ahora soy más pequeña que mis amigos de 30, lo que explica muchas cosas.

Lancé una moneda a cara o cruz para elegir los estudios, y descubrí que era mucho más divertido escaparme los jueves al cine-club de la universidad. Vistas las perspectivas laborales, continué escapando, esta vez al extranjero. Volví después de unos cuantos años, y descubrí que es verdad que las apariencias engañan y que no hay que poner toda tu confianza en lo que te prometen.

He tenido suerte, a pesar de lo que pueda pensar algunos martes de primavera, y aunque mi vida no sea perfecta, sé que las desgracias no permanecen.

Me gusta leer poemas de Yeats, historias de animales en Corfú y de reflejos en Rodas, el chocolate negro, un contratenor cantando Haendel, Oasis y Pulp, contar las escaleras que suben a la ermita de San Juan mientras la tormenta resuena en el mar y oír el ruido de la nieve crujiente bajo los esquís cuando nadie más me acompaña y el sol brilla... y no quisiera repetir las palabras de Keynes en su lecho de muerte "Desearía haber bebido más champagne".

jueves, noviembre 02, 2006

And so it begins ...

Si algo me ha caracterizado a lo largo de la vida, es la inconstancia. Tengo un cajón repleto de diarios inacabados, encuadernados en tela, blocs de notas de espiral, Moleskines... Pero esta vez he decidido lanzarme de una vez y continuar lo que he empezado. He abierto un blog y voy a contar lo que veo, lo que me ilusiona y a lo que aspiro. Tengo 39 años, vivo más lejos del mar de lo que me gustaría, la pelea con los kilos es constante, soy una optimista compulsiva, y quisiera vivir en una isla griega (en su defecto, ya he elegido el lugar de Roma donde instalarme).

Así que este blog va a ser el heredero de esos diarios de adolescencia donde contaba lo incomprendida que era. También tendrá algo del cuaderno comprado en una tienda de pueblo alemana donde iba escribiendo la temperatura de cada día (hacia demasiado frío), y de la agenda donde intentaba apuntar la dirección del restaurante estupendo, el menú y el precio (he tardado tres años en recordar el nombre del restaurante de Florencia donde fuimos reñidas por no saber pedir "pasta bianca". Nunca lo anoté). Pero, sobre todo, quiero que sea una expresión cándida de lo que veo en la calle y de los "desastres" que me van ocurriendo.