lunes, enero 22, 2007

Shout to the top

The Style Council – En honor del adorable señor Weller, porque sus canciones siempre me recuerdan la luz del sol

3 grados bajo cero, cielo azul resplandeciente. Hace un poco de viento, y el telesilla se mueve con un suave clink-clonk. Cada vez que pasamos por debajo de una pilona se agita y tengo miedo de que alguno de los bastones se me caiga, así que los sujeto fuerte con una de mis manos mientras intento subir del todo la cremallera del anorak.

Al llegar arriba no puedo evitar respirar profundamente. El aire es distinto aquí, fresco, limpio, como cuando te acercas a beber a un torrente de montaña en una mañana de verano. Me estiro bien mientras siento todos los músculos, todavía fríos tan temprano por la mañana. Ahora mismo sólo importa que el sol brilla, que el valle está en penumbra, que la nieve cruje cada vez que alargo una de mis piernas hacia atrás.

Noto todo mi cuerpo en tensión, como un muelle esperando a que lo liberen. El aire de mi respiración se condensa con el frío, en rápidas volutas que desaparecen bailando de pronto. Y de pronto, ya es el momento. Un impulso con los bastones y el ruido al deslizarme sobre los esquíes llega hasta mis oídos. Giro, giro, giro. Cambio de peso, derecha, izquierda, oopss, una piedra, cuidado… Y entonces empiezo a cantar cualquier cosa, mientras llevo el ritmo doblando las rodillas y girando en el lugar exacto. Lanzo los brazos hacia adelante, me agacho un poco más y voy más deprisa, y sólo quiero gritar. Porque el sol brilla, y hace frío, y la nieve es perfecta, y puedo dominarlo todo, y tengo todo un día por delante para respirar y sentir los latidos del corazón y cantar, aunque desafine demasiado.

Que más da ahora lo que pasa durante la semana, los problemas y las dudas, la vida real, si un poco de sol y una nieve en su punto exacto me hacen olvidarlos y puedo cantar y levantarme desde el abismo. Así que vuelvo a impulsarme, y vuelvo a deslizarme, a oír el silbido de las tablas, y canto, canto, canto.

jueves, enero 11, 2007

Flores de ultratumba

If I should die, think only this of me:
That there's some corner of a foreign field
That is for ever England.

El abuelo Herbert murió un día claro de finales de septiembre. Un dulzor de moscatel se sentía en el aire, y la extraña claridad del cielo nos ayudó a consolar nuestra pena.

Todavía quedaban rosas tardías del verano, y corté algunas para preparar un ramo en su honor. Tuve que olvidarme de las oscuras rosas carmesíes, nunca supe por qué no le gustaban. Me pinché con una espina, y vi comó se teñían las dulces rosas amarillas, y las tuve que retirar del ramo. De algún modo seguía sintiendo a mi abuelo a mi lado, mirando comó elegía las flores y asintiendo cuando logré la hermosura que quería.

El abuelo era paisajista, y amaba las plantas que crecían libres y salvajes. Llegó a España allá por los años 20, y se refugió en un jardín para intentar curar los sonidos roncos que salían de su pecho. Siempre le conocí con un pañuelo oscuro en la mano, con el que cubría su boca cuando el ruido acuático se hacía demasiado fuerte. Se inclinaba hacia un lado, y se doblaba mientras se libraba de aquella pesadilla que le acompañó toda su vida, desde el año 1916. Luego se sentaba y me sonreía con esos ojos tímidos que habían visto más dolor del que yo hubiera podido soportar.

Tardamos unas semanas en leer su testamento. Me había dejado su colección de libros, y la caja de sándalo que siempre guardaba en su mesilla de noche. Un 11 de noviembre me senté y la abrí. Dentro estaban sus diarios de la Gran Guerra, y un librito de poetas ingleses de entonces. Lo abrí y comencé por el poema de Rupert Brooke, “The soldier”, que habíamos mandado grabar en su lápida.

THE SOLDIER – Rupert Brooke

Si debo morir, piensa sólo esto de mí:
que existe algún rincón de una tierra extranjera
que será por siempre Inglaterra. Habrá oculto
en esa rica tierra un polvo aún más rico,
un polvo al que Inglaterra dió vida, forma, despertó,
dió, en una ocasión, sus flores para amar, sus caminos para vagar,
un cuerpo inglés, que respiró aire inglés
y que fue bañado por sus aguas y bendecido por el sol del hogar.

Y piensa que este corazón, una vez abandonada toda la maldad,
nada menos que un latido en la eternidad,
devuelve en algún lugar los pensamientos que le dió Inglaterra;
sus paisajes y sonidos; sus sueños tan felices como su día;
y la risa aprendida de los amigos; y la dulzura
de los corazones en paz, bajo un cielo inglés.

Un poco más adelante estaba enganchada su amapola de tela, manoseada y vieja, que siempre había llevado prendida en la solapa en ese día. Su color rojo oscuro me llevaba a un poema subrayado y marcado por sus lágrimas, “Dulce et decorum est”, de Wilfred Owen.

Si pudieras oír, a cada tumbo, a la sangre
Vomitada por pulmones de espuma corrompidos,
Obscenos como el cáncer, amargos como pus
De viles llagas incurables en lenguas inocentes—
Amigo mío, no contarías con tanto entusiasmo
A los niños que arden ansiosos de gloria
Esa vieja mentira: Dulce et decorum est
Pro patria mori.

Nunca le habíamos preguntado que pasó entonces para hacerle escapar de su país que amaba tanto, pero siguiendo con mi dedo las líneas del poema, entendí un poco del horror que le había perseguido desde aquel lejano 1916, y de por qué prefería las blancas margaritas y las pálidas lilas frente a las hermosas rosas encarnadas. Aquella amapola de color coagulado en mi mano era la única flor roja que aceptaba, durante unos pocos días en medio de las nieblas de noviembre, tan parecidas a las que agobiaban los campos de Flandes. La tomé con delicadeza, y volví a prendérmela como hubiera hecho él, mientras retornaba a leer aquel poema sobre la antigua mentira.

jueves, enero 04, 2007

I´m loving it

Yo pensaba que había dominado al demonio de las hamburguesas con esas ensaladas tan sanas que anuncian, pero parece que no es así. Una de estas tardes lluviosas, volviendo a casa remojada como un pollo y pensando que las cosas en el trabajo no podían ir peor (pudieron y fueron a peor), vi brillar los arcos dorados y allá que me acerqué. En el congelador tenía un bote de helado de chocolate belga con trocitos del Mercadona, pero en esos momentos el cuerpo me pedía mucha grasa, una Mcnífica con un montón de patatas “DeLuxe” y muchas bolsitas de ketchup para mancharme bien. Subí a mi casa encantada con mi botín, me senté en el sofá y abrí el periódico para encontrarme con la polémica de la comida basura servida delante de mí, mientras yo me iba chupando los dedos e iba olvidando las discusiones del día.

Mientras, el artículo del periódico hablaba de un anuncio de gusto nada dudoso, y de qué esa nueva hamburguesa podía llegar a acumular casi 1000 calorías, lo mismo que 9 platos de macarrones con tomate. Miré las patatas que estaba devorando en ese momento, y pensé si no hubiera sido mejor optar por nuestra dieta mediterránea, ponerme a cocinar unos macarrones, y llorar sobre el fogón las penas que se me estaban acumulando.