jueves, octubre 29, 2009

EL GUIÑO

Tenía bastante prisa. Había perdido el metro anterior por no atreverme a saltar en el último minuto, y ahora parecía que el siguiente metro llevaría retraso. No era muy normal. Seguro que alguien había bloqueado las puertas en la parada anterior con un cochecito de niño o esperando a alguien, y ahora yo tenía que pagar por ese tiempo perdido.

Para cuando llegó el metro tenía delante una masa de gente que se había empeñado en cerrarme el paso a la puerta, y que seguro que no dejarían salir a los que querían bajarse. Más retrasos mientras los golpes y codazos se iban sucediendo. Ya me estaba preparando mentalmente a tener que ir de pie todo el rato, y seguro que no podría ni siquiera apoyarme en una de las puertas para poder descansar un momento.

Por eso me sorprendió lo fácil que fue entrar en el vagón, y lo fácil que fue encontrar libre uno de los asientos al lado de la puerta, que siempre me había gustado por lo fácil que resultaba salir corriendo, siempre que no hubiese alguien dejando una maleta justo al lado, bultos que me impedían el paso y que me hacían tropezar.

Cerré los ojos y empecé a contar los minutos que me quedaban hasta llegar a mi parada. Y entonces sonó una música aguda, lo bastante como para que la pudiese reconocer, "Lover boy" de Mika. Sonaba en el teléfono de un chico que estaba sentado frente a mí, y que no se apresuraba a descolgarlo, mirándonos a los compañeros de vagón con aire presumido. Llevaba unos pantalones de chándal morados con un roto en la rodilla, la cabeza afeitada y la barba larga y enroscada en rastas. En la oreja derecha tenía un cuerno blanco atravesándole el lóbulo. Encima de la ceja izquierda tenía clavadas 2 bolitas de color frambuesa. Mika seguía sonando hasta que por fin, con una sonrisa, acertó a apagarlo.

- Era Mario. No, no es muy pesado. Bueno, si que manda muchos mensajes al día, pero eso es cariño, ¿no? Además, le sale gratis que es móvil de empresa.

Su compañera agitó una melena rubia ondulada, sujeta por un pañuelo de lunares rojos, casi del mismo color tomate antiguo que llevaba en los labios.

- ¿No le conoces? Yo estaba seguro de que te lo había presentado el día de la fiesta de Juan. Pues, no sé como describírtelo... es muy inteligente, habla 5 idiomas y viaja muchísimo. El año pasado quiso llevarme de vacaciones a la India. Dice que puede permitírselo y que porque no va a invertir su dinero y su tiempo en mí, pero yo había oído que a las parejas de hombres allí les miran mal, así que le conté que tenía que quedarme aquí, que por fin me había salido lo de las fotos para la revista, y que no podía dejarlo todo justo cuando parece que las cosas me empiezan a funcionar. Creo que lo entendió,... pero se fue solo a la India y bueno, aquí me quedé yo, encerrado en julio en Madrid, con el calor que hace y sin el trabajo que pensaba que iba a tener.

Yo había dejado de contar minutos y estaciones y viajeros, y fijaba mi mirada en la barba medio rubia del hombre que hablaba frente a mí. Veía como se movía con su respiración, y me preguntaba si sería tan áspera como parecía.

- Le quiero mucho, claro, pero no sé si me conviene decírselo, ¿sabes? Tiene las ideas tan claras ... es mucho más mayor que nosotros y claro, ya está en una edad en que te imaginas la vida en pareja, tu compañero dispuesto a escuchar tus problemas y a animarte ... Yo soy joven, y no quiero que piense que dependo de él, que estoy con él por su dinero.

Yo había dejado de contar minutos y estaciones y viajeros, y fijaba mi mirada en la barba medio rubia del hombre que hablaba frente a mí. Veía como se movía con su respiración, y me preguntaba si sería tan áspera como parecía.

- Mira, su cumpleaños es la semana que viene, por eso me está llamando. Cumple 37, y van a hacer una gran comida en casa de sus padres. Viene hasta el hermano que tiene en Nueva York, y ya de paso va a aprovechar a casarse con su pareja, como allí no es legal... Y mi Mario quiere invitarme y presentarme a toda la familia. ¿Y qué voy a hacer yo? Estoy tratando de explicárselo, que no puede ser, que se imagine lo que van a pensar de mí, pero él se ríe y dice que cosas más raras se han visto.

Volvía a sonar la misma música. Esta vez la que paró el sonido fue ella, quitándole el móvil rápidamente. Tenía las uñas largas y muy cuidadas, pintadas en un verde aceitunado que hacía juego con sus gafas de miope falsa. Al principio de aquel monólogo me había fijado en que las gafas de ella, empinadas y con una fila de cristalitos de colores en las patillas, no tenían cristales. No había entendido aquella vanidad falsa hasta que vi como se las quitaba y las posaba en la comisura de los labios.

- ¿A qué tengo razón? Dime a ver, como voy a ir yo allí, con su padre notario y su hermano médico, y las abuelas, que todavía viven... Tendría que quitarme los piercings de la ceja y cambiar los pendientes, y con este calor que hace... llevar traje y camisa de manga larga y corbata... porque, claro, las apariencias son las apariencias y es una familia muy conservadora. Los dos hijos han salido gays, pero conservadores. Mario no lo dice, pero yo creo que vota al PP, y con esas ganas que tiene de que nos casemos... Sólo me va a salvar que su madre me echará el ojo encima y no parará hasta convencerle de que me deje, porque sólo estoy con él por su dinero. Eso, después de haberme preguntado si no me arrepiento de los tatuajes y no he pensado en quitármelos un día de estos ...

Me faltaban 2 estaciones para bajarme, y el discurso se me hacía más difícil de seguir. Se debía haber dado cuenta de que todo el mundo en el vagón le oía, así que su voz se iba convirtiendo en un susurro. Yo me inclinaba hacia un lado disimulando, la mano en mi oído tratando de no perderme nada.

- ¿Qué como va a ver los tatuajes si llevo camisa de manga larga? Las madres posesivas como la de Mario lo saben todo, sobre todo cuando no les gusta el novio del hijo. Y no es la primera vez que me ha pasado, tú lo sabes. Tres novios serios que he tenido, tres novios que he tenido que dejar antes de que sus familias se mezclasen en nuestras vidas. Me cansa ese tipo de gente de alma gris. No ven más allá de la esquina de su casa, son tan poco trascendentales...

Mi parada había llegado, y tenía que bajarme, pero estaba convencida de que todavía faltaba algo, todavía podría saber algo que me aclarase la historia del amante, y de esa barba enrevesada y de la chica con pómulos de muñeca. Así que me levanté pero seguí escuchando. Esta vez los otros viajeros me dejaron acercarme hasta la puerta, sin obligarme a empujar y pisar como otras veces que se empeñan en que no llegue a tiempo, en que mi bufanda se quede enganchada a la puerta, en no dejarme salir. Mientras pulsaba el botón, la voz subió de tono.

- Supongo que si dejo de contestar a sus llamadas, Mario se aburrirá. Cuando lo dejemos, me dolerá muchísimo, pero será peor para él, que siempre deja que se imponga la moralidad de sus padres. Tal vez gracias a mi se dará cuenta de lo que le ocurre y la próxima vez no les dejará gobernar su vida.

Bajé al andén. Me volví a mirar el vagón. Seguían parados, como esperando algo. A través de la ventana vi como la chica se guardaba el móvil en el bolso. Su compañero fijó la mirada al frente, y muy despacio, guiñó su ojo izquierdo, ese que tenía 2 piercings como frutas maduras sobre la ceja. Giré la cabeza, y vi que no había nadie a mi espalda. El guiño, como la historia, había sido sólo para mí.