miércoles, diciembre 20, 2006

4 semanas para Navidad

Dedicado a esa amiga que, como yo, estuvo a punto de caer en la trampa del encanto de dos ojos irlandeses. Ella y yo sabemos que la realidad fue más dura con ellos de lo que ha sido esta pequeña historia, pero tenía que escribir lo que nos podía haber pasado.

Lo mejor del invierno en Irlanda es que no hay que cortar la hierba tan a menudo. El verano pasado, con la ola de calor y la humedad, teníamos que hacerlo al menos 2 veces por semana. Niall no es partidario de dejar que los niños de la vecindad se encarguen de hacerlo, dice que son descuidados y que van demasiado deprisa. Yo creo que le hubiera gustado enseñarle a nuestro hijo a hacerlo.

Nuestro hijo... No pudo ser. Aunque mi médico en España dice que no tengo ningún problema, Niall sigue negándose a hacerse las pruebas. Su madre intentó convencerme el año pasado para que la acompañara a hacer un retiro en el monasterio de Lough Derg. 3 días encerradas descalzas en una celda, a pan y agua. Gearoid, Dios le bendiga, quiso convencerla de que sería mucho más rápido entrar en un proceso de adopción que confiar en que la Virgen nos concediera lo que pedíamos. Pero para mi suegra, y también para mi marido, el cura que nos casó es peor que un protestante. Me apoya demasiado a la hora de rebelarme contra esas ridículas promesas de Cuaresma, y no quiso organizar una novena para pedir la canonización del Papa. Por no hablar de que se empeñó en que al menos volviera a trabajar a tiempo parcial.

Hace más de 10 años que vivo aquí. Llegué pensando en empezar una carrera internacional, en viajar por el mundo, y entonces conocí a Niall. Fue un torbellino de emociones, me cegaron sus ojos grises, dejé de analizar las cosas y empecé a sentir. 2 semanas más tarde me reuní en Londres con amigos de la universidad y antiguos becarios, y todos dijeron que me brillaban los ojos y que nunca me habían visto tan feliz. Volví a Irlanda llena de ganas y me lancé de cabeza a aquella relación.

Un mes después, una mañana de domingo Niall me preguntó si me gustaría ir a comer a casa de sus padres. Ese es el momento decisivo, la comida familiar del domingo. Hasta que no eres invitada, no eres nadie, eres la extranjera descarriada que está llevando por el mal camino a tu hijo, y olvidate de algún futuro como nuera ... Antes de ir, me avisó de que antes teníamos que pasarnos por la misa de 12, de que yo tenía que ir a comulgar, y de que ni se me ocurriera mencionar que pasábamos juntos los fines de semana. Oficialmente, él había subido desde Cork en la moto a recogerme a primera hora de la mañana.

Después de 2 años de interminables comidas de domingo (pollo asado, zanahorias, coles de bruselas y puré de patatas) nos casamos. Dejé el trabajo 1 año más tarde, cuando empezamos a pensar en los niños. Al cabo de otro año, su empresa envió a Niall a dirigir una planta en Gales.

Ahora vive allí y vuelve a casa todos los fines de semana. Ya no hay moto, ni conciertos de Oasis en Dublín. Yo trabajo los martes, miércoles y jueves, aunque no necesitamos el dinero.

Quisiera saber cuando se rompió todo. Tal vez, el día que regresé de España informando que no había ningún problema por mi parte para tener niños, o tal vez mucho antes, aquel domingo en que comí por primera vez con su familia y acepté sus costumbres sin abrir la boca. Si en vez de haber ido a comer, hubiéramos montado en la moto y nos hubiéramos acercado a la playa, ahora no estaría repasando los papeles de la anulación y me encontraría sentada en Madrid, acabando un informe para el trabajo y recordando que hubo un momento en que creí estar locamente enamorada.

Quedan 4 semanas para Navidad, y tengo que empezar a buscar regalos. Mi mejor obsequio será dejar este engaño, y empezar a vivir. Es una promesa.

miércoles, diciembre 13, 2006

5 razones (como mínimo) para no ir a la cena de Navidad

Café de Belén, Madrid. 8 de la tarde, viernes de otoño.

Manuela - ¿Estás segura de que no vas a venir a la cena de Navidad de la empresa? Anímate, que nos lo pasaremos bien (mira desde la puerta y sonríe) Tenemos suerte, hay una mesa en el rincón. Ahora una cañita no me vendría nada mal... ¿Tú que vas a tomar?

Carmen (dejando el bolso en una de las sillas y sentándose) -Pues la verdad es que tengo frío. Lo que necesito es un té o un café. Y no me vas a convencer con lo de la cena, no pienso ir. Os he explicado unas cuantas veces mis razones, te las sabes de memoria.

Manuela - Tú y tus bebidas calientes... Venga, que es viernes ... Ahora mismo necesito un cigarrito, voy a acercarme a la barra a comprar, ¿vale? Y despues vas a volver a explicarme esas razones tan importantes para rajarte.

Carmen - Mmmm... si, vale, OK (sin hacerle demasiado caso mientras lee un mensaje en el móvil).

Risas en la mesa de al lado. Cerca de 8 personas apiñadas, una comida de empresa que se ha alargado.

Calvo "graciosillo" - ¡Yo quiero que me llevéis a una discoteca a ligar! ¡Que es vuestra zona, y me habíais prometido meneillo! (dos de las chicas se miran con cara de desesperación)

Camarera - Hola, ¿ibas a tomar...?

Carmen (levantando la vista y ruborizándose) - Perdón, no me daba cuenta. Creo que dos cañas (ruido de cristales que se rompen, mientras el calvo graciosillo se pone a gritar una canción de Bisbal)

Camarera - Están así desde hace casi una hora, y ahora por lo menos está tranquilo (con una sonrisa un poco cansada)

Carmen - Pues espero que os hayan hecho mucho gasto, porque si no...

La camarera se aleja y Manuela se desploma en la silla.

Manuela - ¿Has pedido? Necesito una caña, pero ya (mientras abre el paquete de tabaco y mira alrededor a ver quien le puede dar fuego, acabando en Carmen con ojos suplicantes).

Carmen - Dos cañas, y sabes que no fumo, no me mires con esa cara de necesidad.

Manuela - Pero si tú siempre llevas de todo en el bolso... busca bien, que seguro que tienes un mechero o cerillas o un pedernal...

Carmen (riéndose) - Tengo de todo, si (sacando la agenda, la máquina de fotos, un cuadernito, 2 rotuladores, el libro que está leyendo, 2 pares de gafas de sol y un brillo de labios), ¿pero no has pensado en usar la vela que hay en la mesa?

Manuela se agacha para encender el pitillo, y después coge el libro. El calvo baila con un mojito en la mano junto a la mesa de las 2 chicas no queriendo darse cuenta de las miradas que le lanzan de todas las mesas.

Manuela - "Nunca me abandones" ¿Está bien? (sin enterarse de lo que ocurre a sus espaldas) Porque tus gustos en libros son un poco... especiales.

Carmen (poniendo morritos) - Kazuo Ishiguro es un genio, y (trata de apartarla, pero es demasiado tarde)... ¡no me lo puedo creer!

Calvo - ¡Guapas! ¡Que no es hora para ponerse a hablar de libros aburridos! ¡A bailar, a bailar!

Manuela no puede moverse. Tiene las manos y el libro empapados. Las dos chicas de antes arrastran al calvo fuera del café, y toda su mesa se levanta apresuradamente.

Manuela (suspirando) - Creo que tienes razón con lo de la cena, me parece que tu opción es más segura. Mendelssohn, ¿dijiste? ¿Quedan entradas? Y respecto a tus razones ( Carmen está mirandole con aire de complacencia ) , sé que el restaurante no te gusta, que juraste en una boda no volver y ya son dos años yendo allí para la cena de la empresa, que tienes que volver a oir el concierto de violín ... y que lo que acabamos de ver es lo mínimo que nos espera para esa noche ( Manuela se estremece un poco ).

miércoles, noviembre 29, 2006

Traidor en el infierno


Sgt. Schulz: How do
you expect to win the war with an army of clowns?

Lt. James Skylar Dunbar: We sort of
hope you'd laugh yourselves to death.

Traidor en el infierno (Stalag 17) - Billy Wilder

Era la época de los dos rombos antes de las películas y las series de la tele. Tampoco es que mis padres lo tuvieran mucho en cuenta a la hora de dejarnos o no verla. Contaba la hora, el director, el tema y poco más; podíamos ver casi todo.

El caso es que yo quería, ansiaba, ser como el resto de las niñas de mi edad. A ellas les gustaban los Pecos, y sus padres no les dejaban ver "Yo, Claudio", porque la serpiente del principio se acercaba peligrosamente a los dos rombos en la esquina superior derecha de la pantalla. Así que si mis padres no me iban a prohibir ver algo, me lo prohibiría yo misma. Yo sería mi censura. Empezaría esa misma noche.

Cuando empezó la película, y vi que era para mayores, me levanté muy seria, informé a todo el mundo de mis intenciones de ir a dormir, y me fui a la habitación. Pero desde allí se oía perfectamente el sonido... "Traidor en el infierno", de Billy Wilder. Una historia de espías y estraperlo en un campo de prisioneros, blanco y negro, II Guerra Mundial... no pude aguantar. Me levanté de la cama, me envolví en una manta, y me acurruqué junto a la puerta del salón a oír la película. Hasta tres veces tuve que salir corriendo porque alguien se levantaba. Estaba aterrorizada pensando en lo que me podría pasar. Y mientras tanto, yo iba oyendo la historia de Sefton, el traficante en el mercado negro del campo que no presumía de patriotismo, pero que al final desenmascaraba al verdadero traidor... Cuando acabó la película, corrí a mi cama y fingí dormir con todas mis fuerzas.

Al día siguiente, enfrentada a las miradas de reojo de mis padres, decidí que había sido demasiado esfuerzo para haber logrado tan poca cosa. Me llevé al colegio un disco de los Beatles (mi único disco) para sustituir al muy rallado de los Pecos. Era más divertido ejercer la censura sobre los demás.

Hace cuatro o cinco años, comprando el vídeo de la película que nunca había visto, mi madre me contó que todo el tiempo supieron que yo estaba sentada junto a la puerta, y que cada vez que se levantaban era para convencerme de que entrara y me sentara junto a ellos. Y yo que siempre había pensado que nadie se había enterado de mi experimento...

miércoles, noviembre 22, 2006

Rosas de te

"¡Me parece inaudito que haya padres dispuestos a que sus hijos se pasen la vida esclavizados de ese modo!". I. me lo dice mientras da la vuelta a una alfombra increíble, y empieza a acariciar su reverso, casi más hermoso que sus pálidas rosas de seda.

No sé que contestarle, mientras sigue murmurando sobre esa amiga común que va a mandar a su niña a un stage de tenis, esa niña que sólo tiene 4 años y que va a ser la próxima reina de la pista. Pienso en tantos niños, algunos muy cercanos, como Juanito, que se pasó casi 7 años en un internado porque era parte del equipo nacional y nos iba a dar la segunda medalla de oro, o aquel otro, ¿cómo se llamaba?, que iba para gimnasta y hacía el ángel colgado en las anillas y acabó volando una mañana de septiembre desde dentro de un coche a 120 kms/hora ...

I. me cuenta que quiere cambiar la frialdad moderna del estudio de arquitecto que comparte con su pareja, y me pregunta si me gusta más la alfombra rosa o la azafranada, sin apenas escucharme ...

Cuando le sugiero tomarnos un café en el Starbucks de la esquina, me mira con extrañeza, y me explica, por si no me he enterado, que Starbucks engaña a los campesinos de Etiopía, y algo dentro de mí no se atreve a plantearle si se ha dado cuenta de que su magnífica alfombra ha sido tejida por manos de niños, y que ojos infantiles habrán perdido la vista mezclando sedas rosa palo para que su estudio sea más cálido. Como esos niños esclavizados por sus padres, como el pequeño gimnasta del que he olvidado el nombre...

Pero acabamos en el Starbucks de todas formas, y sonríe, y afirma que nuestra amiga nos invitará cuando su “reina” juegue en la pista central de Roland Garros. ¿Qué puedo replicar a eso? Personalmente, me haría más ilusión un bol de fresas con nata en Inglaterra, en primavera. Siempre quise estar al menos una vez en Wimbledon.

miércoles, noviembre 15, 2006

Zell am See

He contado las velas que había en la calle y en la escalera. 42, y ninguna se ha apagado todavía pese al viento. ¿Será una señal? Señal de que es hora de agarrarse a una botella de cerveza, desde luego. Más velas en la casa, junto a la ventana del salón, en las repisas del baño. Me pregunto si la idea es causar un incendio o calentar el ambiente.

No me preguntéis cual es la temperatura en la calle. Cuando vi que bajaba más de 10 bajo cero, dejé de considerarla importante. Ahora lo que interesa es felicitar a los dueños de la casa, y encontrar un lugar desde el que ver todo lo que ocurre sin ser el centro de atención. Mis niñas se han ido a bailar, y yo descubro que la lavadora es un lugar estupendo para sentarse: frente a la puerta de la cocina, y justo al lado está la ventana donde reposan 3 botellas de vodka y 8 cajas de zumo de naranja.

Todo el mundo pasa por la cocina para rellenar sus vasos. No todos se dan cuenta de que hay alguien que escucha sus citas, sus susurros, sus caricias a escondidas del amor de su vida. Hasta que unos ojos grises preguntan si pueden abrir la ventana y coger una botella. Sonrío, y le acerco también una caja de zumo. Hablamos del tiempo, de la manifestación de la semana que viene, del último escándalo de Jelinek. Yo intento disimular mi pertenencia a las muy aburridas profesiones técnicas, y no puedo dejar de mirar esos labios, esos ojos...

De pronto, mi mente reacciona, y se sitúa por encima de la habitación, cerca de la lámpara, y respiro cuando veo como V. entra en la cocina, y se acerca a la pareja, y sonríe con sus ojos azules y las ondas en su pelo, y en sólo 3 minutos consigue cortar el aliento con su brillo. Y se alejan hacia el lugar donde suena esa canción de Ambros sobre el cementerio central. Y ya no importa nada y estás segura, porque puedes volver a contemplar el eterno baile, sin ser parte de él. Al fin y al cabo, eso era lo que querías, distanciarte y ver las cosas sin que la cera de las velas te llagara la piel.

Pero 10 años después, esperando en un café de Heathrow durante un retraso, hay una voz que pregunta si alguna vez llegaste a ir a esquiar a Zell am See, y sabes, sin mirar, que tienes que ser graciosa, y levantarte, y besar al niño e intercambiar inanidades, y volver a ver esos ojos, y no pensar en lo que nunca, nunca será.

Y desde luego, a continuación, ordenar unas pintas para tus compañeros y para ti, porque es hora de tomarse otra cerveza mientras esperas que tu avión te lleve de vuelta a casa.

Perfil de una curiosa impertinente

Acabo de cumplir 39 años, pero nunca he tenido muy clara mi verdadera edad, depende del día y de la estación del año. Cuando era niña era tan mayor como los adultos, y ahora soy más pequeña que mis amigos de 30, lo que explica muchas cosas.

Lancé una moneda a cara o cruz para elegir los estudios, y descubrí que era mucho más divertido escaparme los jueves al cine-club de la universidad. Vistas las perspectivas laborales, continué escapando, esta vez al extranjero. Volví después de unos cuantos años, y descubrí que es verdad que las apariencias engañan y que no hay que poner toda tu confianza en lo que te prometen.

He tenido suerte, a pesar de lo que pueda pensar algunos martes de primavera, y aunque mi vida no sea perfecta, sé que las desgracias no permanecen.

Me gusta leer poemas de Yeats, historias de animales en Corfú y de reflejos en Rodas, el chocolate negro, un contratenor cantando Haendel, Oasis y Pulp, contar las escaleras que suben a la ermita de San Juan mientras la tormenta resuena en el mar y oír el ruido de la nieve crujiente bajo los esquís cuando nadie más me acompaña y el sol brilla... y no quisiera repetir las palabras de Keynes en su lecho de muerte "Desearía haber bebido más champagne".

jueves, noviembre 02, 2006

And so it begins ...

Si algo me ha caracterizado a lo largo de la vida, es la inconstancia. Tengo un cajón repleto de diarios inacabados, encuadernados en tela, blocs de notas de espiral, Moleskines... Pero esta vez he decidido lanzarme de una vez y continuar lo que he empezado. He abierto un blog y voy a contar lo que veo, lo que me ilusiona y a lo que aspiro. Tengo 39 años, vivo más lejos del mar de lo que me gustaría, la pelea con los kilos es constante, soy una optimista compulsiva, y quisiera vivir en una isla griega (en su defecto, ya he elegido el lugar de Roma donde instalarme).

Así que este blog va a ser el heredero de esos diarios de adolescencia donde contaba lo incomprendida que era. También tendrá algo del cuaderno comprado en una tienda de pueblo alemana donde iba escribiendo la temperatura de cada día (hacia demasiado frío), y de la agenda donde intentaba apuntar la dirección del restaurante estupendo, el menú y el precio (he tardado tres años en recordar el nombre del restaurante de Florencia donde fuimos reñidas por no saber pedir "pasta bianca". Nunca lo anoté). Pero, sobre todo, quiero que sea una expresión cándida de lo que veo en la calle y de los "desastres" que me van ocurriendo.